La Ley del Éxito
Paramahansa Yogananda
¿Es posible que exista algún poder capaz de revelamos ocultas vetas de riquezas y tesoros insospechados? ¿Existe alguna fuerza a la cual podamos recurrir en nuestra búsqueda de la salud, la felicidad y la iluminación espiritual? Los santos y sabios de la India afirman que tal poder existe. Ellos han demostrado la eficacia de los verdaderos principios espirituales, eficacia que puede ser también comprobada por cualquiera de nosotros, siempre que estemos dispuestos a estudiarlos y aplicarlos objetivamente. Nuestro éxito en la vida no depende solamente de nuestra habilidad y entrenamiento personales, sino también de nuestra decisión para aprovechar las oportunidades que se nos presentan. Las oportunidades se crean en la vida; ellas no vienen por azar. Todas las oportunidades que surgen en nuestro sendero han sido creadas por nosotros mismos, ya sea en la actualidad o en el pasado; un pasado que incluye nuestras vidas anteriores. Puesto que nosotros mismos nos hemos ganado dichas oportunidades, hemos de aprovecharlas al máximo. Si hacéis uso de todos los medios externos accesibles, así como también de vuestras habilidades naturales para vencer cada obstáculo que se presente en vuestro sendero, desarrollaréis los poderes que Dios os ha otorgado: poderes ilimitados, que fluyen de los potenciales más íntimos de vuestro ser. Poseéis el poder de pensar y el poder de la voluntad: ¡utilizad al máximo tales dones divinos! Nosotros mismos somos los únicos responsables de nuestro destino. Nadie más responderá por nuestras acciones cuando llegue el momento del juicio final. Nuestra labor en el mundo —en la esfera en la cual nos ha colocado nuestro propio karma, es decir, el efecto de nuestras acciones pasadas— no puede ser desarrollada sino por una sola persona: nosotros mismos. Y nuestro trabajo puede ser llamado, en verdad, un “éxito”, únicamente en la medida en que ha servido en alguna forma a nuestro prójimo.
El Poder de la Interiorización
No es aconsejable revisar mentalmente un determinado problema en forma constante. Conviene dejarlo descansar ocasionalmente, dándole así tiempo para que se aclare por sí mismo; mas no permitáis que vuestra mente descanse en forma tan prolongada que lleguéis a olvidaros completamente de discernir. Aprovechad, más bien, dichos períodos de reposo para profundizar más en vuestro interior, sumergiendoos en la honda paz de vuestro íntimo Ser. Entonces, una vez que estéis en armonía con vuestra propia alma, seréis capaces de analizar todas vuestras acciones; y si apreciáis que vuestros pensamientos o vuestras obras se han desviado de la meta, podréis corregir su dirección. Este poder de divina “sintonización” (o armonización) puede desarrollarse a través de la práctica y del esfuerzo.
Podemos Controlar Nuestro Destino
La mente es la creadora de todo. Es por ello que deberíamos dirigir nuestra mente en tal forma que sólo cree el bien. Si nos aferramos a un determinado pensamiento, aplicando en ello nuestra fuerza de voluntad dinámica, dicho pensamiento llegará finalmente a manifestarse en forma externa y tangible. Y es así que, cuando somos capaces de utilizar nuestra
voluntad con fines únicamente constructivos, nos convertimos en los amos de nuestro propio destino.
Se han mencionado recientemente tres importantes vías a través de las cuales es posible activar la voluntad, tornándola verdaderamente dinámica: 1) Elegid una tarea sencilla, o alguna actividad que jamás hayáis dominado bien, y proponeos desarrollarla en forma exitosa. 2) Aseguraos de que vuestra elección ha recaído sobre algo factible y constructivo a la vez, rechazando luego toda idea de fracaso. 3) Concentraos en un solo objetivo, aplicando todas vuestras capacidades y aprovechando cuanta oportunidad se os presente para materializar vuestro propósito. Mas debemos siempre procurar obtener la certeza interior —nacida de la serena profundidad de nuestro más íntimo Ser— de que lo que perseguimos es algo correcto, que nos conviene conseguir, y que está de acuerdo con los designios divinos. Una vez obtenida dicha seguridad, podemos entonces aplicar toda la fuerza de nuestra voluntad para alcanzar nuestro objetivo, pero manteniendo siempre nuestros pensamientos concentrados en Dios: la Fuente suprema de todo poder y de toda realización.
El cerebro humano es un almacén de energía. Dicha energía está siendo constantemente utilizada en los movimientos musculares, en el trabajo del corazón, los pulmones y el diafragma, en el metabolismo de las células tisulares y sanguíneas, y en la labor del sistema telefónico sensitivomotor de los nervios. Además de todo esto, una tremenda cantidad de energía vital se consume en todos los procesos intelectuales, emotivos y volitivos.
Superad el Temor a Través de la Fe
El temor agota la energía vital; éste es uno de los mayores enemigos de la fuerza de voluntad dinámica. La fuerza vital que fluye habitualmente a través de los nervios en forma constante, es exprimida de ellos de tal manera a causa del temor, que los nervios mismos se comportan como si estuviesen paralizados, y la vitalidad de todo el cuerpo se reduce. El temor no os ayuda a alejaros del objeto que lo provoca, sino que solamente debilita vuestra fuerza de voluntad. Urgido por el temor, el cerebro genera un impulso inhibidor que actúa sobre todos los órganos del cuerpo, constriñendo el corazón, interrumpiendo las funciones digestivas, y provocando numerosas otras perturbaciones físicas. Cuando se mantiene la conciencia enfocada en Dios, no se puede abrigar temor alguno; se dispone entonces de la capacidad para vencer todos los obstáculos, a través del valor y de la fe.
Un “deseo” es una aspiración carente de energía. Un deseo puede o no ser seguido de una “intención”, esto es, del proyecto de realizar algo concreto, de satisfacer, de hecho, un determinado anhelo. Mas, “querer”, significa decir: “Trabajo y trabajaré siempre, hasta que consiga cumplir mi deseo”. Toda vez que ejercemos nuestra fuerza de voluntad, ponemos en acción el poder de la energía vital; mas no sucede así cuando deseamos en forma meramente pasiva el poder conquistar un determinado objetivo deberéis reiniciar vuestra lucha en otra nueva vida. Tanto el éxito como el fracaso, no son sino los justos
resultados de vuestras obras pasadas, más vuestras obras actuales. De modo que deberíais estimular todos los pensamientos de éxito de vuestras vidas pasadas, hasta que, una vez revitalizados, se tomen capaces de dominar la influencia de todas las tendencias al fracaso que existan en vuestra vida presente. La diferencia entre un hombre de éxito y un hombre fracasado, no reside en la cantidad o magnitud de las dificultades con que se han enfrentado ambos, sino en que el primero, aun cuando haya a quizás mayores dificultades, ha dominado el arte de rechazar siempre toda idea de fracaso. Deberíais transferir vuestra atención del fracaso al éxito, de las preocupaciones a la calma; de las divagaciones mentales a la concentración, de la inquietud a la paz, y de la paz a la divina dicha interior. Cuando alcancéis este último estado de realización, habréis cumplido gloriosamente con el propósito de vuestras vidas.
La Necesidad del Autoanálisis
Otro secreto del progreso consiste en el autoanálisis. La introspección es un espejo en el cual nos es posible contemplar algunos recodos de nuestra mente; sin su práctica, éstos permanecerían ocultos a nuestra vista. Hemos de diagnosticar la causa de nuestros fracasos y —haciendo un balance de nuestras buenas y malas tendencias— analizar lo que somos, lo que deseamos llegar a ser, y cuáles son los defectos que nos lo impiden. Hemos de determinar primero cuál ha de ser la verdadera naturaleza de nuestra obra personal—es decir, cuál es nuestra misión en la vida— para aplicarnos luego a la tarea de transformarnos en lo que deberíamos y querernos ser. A medida que nuestra mente se mantenga cada vez más enfocada hacia Dios, y nos sintonicemos así con su voluntad, progresaremos en nuestro sendero con una seguridad cada vez mayor. Aun cuando nuestro propósito fundamental consiste en encontrar nuestro camino de regreso hacia Dios, tenemos que desempeñar también una determinada labor en el mundo exterior. Y es la voluntad, combinada con la iniciativa, lo que nos ayudará a reconocer y cumplir dicha labor.